Luego de casi 20 años de franca decadencia el cine mexicano se reducía a películas de ínfima calidad y una industria que agonizaba. Luego del éxito de algunas películas como La Tarea y Rojo amanecer varios cineastas nos demostraron que el séptimo arte aún tenía esperanza en México.

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Luego de La Tarea, de Jaime Humberto Hermosillo, el público mexicano comenzó una especie de “reconciliación” con el cine producido en el país. Por primera vez en muchos años comenzamos a ver filmes de verdadera calidad, con guiones sencillos y actuaciones frescas.

Durante los primeros años de la década llegaron a la pantalla, y la gente fue a verlas –que es lo más importante- una serie muy interesante:

La mujer de Benjamín, de Carlos Carrera. Una cruda historia de la vida y el amor de un hombre viejo, habitante de un pueblo miserable, que “se roba” y seduce a una muchacha; la cinta es una crítica al atraso y la miseria en el campo mexicano.

Danzón, de Maria Novaro y con actuación de María Rojo que se transformó durante ese lustro en la máxima diva del cine mexicano. Una visión femenina de los hombres, del mundo y de un estilo de baile que en algunos lugares de nuestro país adquiere el rango de religión.

Solo con tu pareja, de Alejandro Cuarón, una divertida pero a la vez crítica historia en torno a las relaciones de pareja, el SIDA y la vida de los solteros post-crisis en la ciudad de México.

Sin embargo la película que en verdad marcó esa primera etapa de los noventas fue la muy reconocida Como agua para chocolate:

La película está basada en la novela homónima de Laura Esquivel; un relato romántico en un poblado de la frontera donde la historia de Tita, su madre, sus hermanas y las aventuras en torno al amor, la revolución y la vida de una chica que trata de evadir su destino.

Lo interesante de la película, y de la novela, es que la historia va alternada con las recetas de cocina que, gracias al manejo de la dirección, se transforman en co-protagonistas y llegan a influir en la trama:

Técnicamente la película de Alfonso Arau es magnífica (fuera de algunos errores en el audio), la fotografía de Emmanuel Lubezki parece de película extranjera y la ambientación y el vestuario de es de gran escuela.

En ese 1992 pudimos sorprendernos: la cinta de Araú rompió récord de permanencia en salas, cosa que no se veía desde la mentada época de oro, y Como agua para chocolate pudo pelearle audiencia a películas estadounidenses como Robin Hood, El Silencio de los Inocentes y la Familia Adams.

La película fue un revelación en toda forma; nos dimos cuenta que el cine nacional podía salir del “cabrito western“, de los albures y las ficheras y no solo consolidarse a nivel local si no hasta tracender en el extranjero; la película recibió muy buena crítica tanto en Estados Unidos como en Europa.