Una película de culto para los fanáticos al cine de ciencia ficción, tuvo más éxito afuera de Estados Unidos y le tocó competir con la muy exitosa Titanic por los Óscares de 1997, El quinto elemento fue, sin duda, una muestra de lo mejor en ciencia ficción cinematográfica de la década de los noventas.

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Uno de los tumbos que he dado en la vida me llevó a formar parte de un consejo electoral local, el 21 del Distrito Federal para ser exactos. La democracia en esta ciudad estaba nueva, fue la primera elección donde los chilangos elegimos gobernante y eran épocas de mucho optimismo.

Fue después de las agotadoras jornadas postelectorales, donde había que contar los votos y “torear” a la oposición absurda y chabacana de un par de partiditos de bolsillo (creo que ya ni existen) que una de las consejeras me dijo: ¿Por qué no nos escapamos al cine?

A lo largo del año habíamos tenido muchas oportunidades de trabar esas conversaciones para rellenar espacios y habíamos coincidido en una afición por la ciencia ficción que, aunque era más del tipo literario que del cinematográfico, pudimos descubrir que a ambos nos gustaban ciertas obras como 2001 y Blade Runner.

Aquella tarde llegamos al cine y ella dijo: me recomendaron El quinto elemento, yo sin saber como ni de que trataba me metí a verla. No sabía que estaba a punto de ver una de las películas que integran la lista de mis favoritas de todos los tiempos.

The fifth element está ubicada en el Nueva York del siglo 23; mientras la humanidad enfrenta un enemigo desconocido compuesto de maldad pura, el destino de Korvin Dallas (Bruce Willis), taxista y ex miembro de las fuerzas especiales, se ve involucrado en el asunto gracias a su encuentro accidental con Leeloo (una deslumbrante Milla Jovovich), una extraterrestre “perfecta”.

La película es una mezcla muy acertada de comedia y acción dentro de una distopía en la que a las grandes organizaciones y los grandes capitalistas no les importa la destrucción de la tierra si pueden obtener una ganancia con ello.

La cinta fue una producción netamente francesa, utilizó los servicios creativos de Jean Giraud y Jean-Claude Mézières ambos realizadores de comics (el primero de ellos es mejor conocido como Moebius, una leyenda para los fanáticos del medio) y la dirección corrió a cargo de Luc Besson, cineasta francés que más tarde se hizo muy notorio en Estados Unidos con películas como la historia de Juana de Arco (también con Jovovich) y Bandidas con Salma Hayek y Penélope Cruz. A Besson también se le recuerda por la primera versión (la francesa, la original) de Nikita y Le Grand Bleu, aquella historia de los buzos de profundidad que es narrada de manera tan romántica que raya en el idealismo.

Los diseños para El quinto elemento se comenzaron a hacer por ahí de 1990, los vestuarios son exageradamente cuidados y detallados, se crearon unos mil disfraces y, aunque estuvo situada en Nueva York, la mayoría de la película se filmó en Inglaterra y las escenas del desierto en Mauritania.

Una de las características que más llamaron mi atención fue la selección de los actores: aunque Willis y Jovovich podemos calificarlos como que cumplen con el estereotipo hollywodense de ser muy atractivos, el resto de los actores (salvo algunas excepciones) son caras muy especiales; no me atrevería a decir que son feos si no, con características únicas: por ejemplo las chicas de la nave espacial que, aunque no cumplen con los estereotipos de belleza, tienen un atractivo muy característico y escogido de una manera muy puntual.

El caso ideal para explayar esto es el personaje del presidente que, viéndolo fríamente, parece más un taxista o un maleante digno, más bien, de una película de Tarantino.

Para caer más en el aspecto técnico me gustaría hablar de algunas  secuencias en particular:

Esta es la presentación de la diva Plavalaguna (en las lenguas eslavas significa Laguna Azul, película cuya segunda parte protagonizó Jovovich –un deleite voyeurista, por cierto-); comienza a cantar una ópera que pronto se transforma en algo más movido, noten como la música sirve como elemento dramático al pleito con los Mangalores.

Otro elemento al cual Besson le sacó un provecho que, hasta ahora nadie ha podido, fue el actor Chris Tucker que encarna al andrógino DJ Ruby Rhod que le da a la película esa comicidad, casi sin proponerlo, que la hace única:

Este es un ejemplo de la comedia (a veces muy negra) que parece ser intrínseca al guión: Dallas es enviado a “negociar” con los Mangalores.

Cada vez que la pasan por televisión la veo (la pasan muy seguido) por que es una película que disfruto mucho: su comedia cínica y a veces torcida, la actuación de Willis que en realidad no actua, solo es como es, el atractivo visual de Jovovich y los efectos especiales de un universo bastante cínico y autocomplaciente; creo que la sociedad reflejada en El quinto elemento no está tan alejada de la nuestra.