El día en que la objetividad murió

Cuando mataron a Paco Stanley, allá por 1999, las televisoras no dudaron en capitalizar el asunto y pudimos ver lo peor de cada medio; por sugerencia del Uyuyuy esta vez en noventas.com.mx hablaremos del controvertido conductor así como de uno de los momentos más bajos de la televisión nacional.

paco-stanley

Fue un lunes por ahí de mediodía, creo que fue el clásico evento que a todos nos coloca en un punto del tiempo y el espacio por el resto de nuestras vidas, cuando las emisoras de televisión interrumpieron su transmisión para comenzar a cubrir la noticia.

En una taquería, famosa por sus inmensos tacos, a orillas de periférico sur fue asesinado el conductor de televisión Paco Stanley. Luego de salir del restaurante y abordar su camioneta (una ostentosa Lincoln Navigator) un individuo se acercó y, con una ametralladora, disparó contra el conductor televisivo. Stanley murió en el lugar mientras que uno de sus patiños y el chofer de la camioneta resultaron heridos.

Lo que siguió fue una de las más desvergonzadas muestras de oportunismo mediático y de amarillismo televisivo.

Paco Stanley inició su carrera en la radio, uno más de las filas de la XEW, y para mediados de los setentas ya aparecía en la televisión. No se si todavía exista, pero el género en el que trabajaban era una serie de programas diseñado para el público que permanecía toda la mañana y parte de la tarde en su casa.

Programas “de variedades” donde lo mismo se presentaba un cantante o grupo musical en ascenso como se daban recetas de cocina, tips de belleza entre muchas otras opciones. Una de las características de estos programas era la de la publicidad posicionada dentro del programa; conductores e invitados “hacían” los spots comerciales presentando o recomendando un producto determinado.

Podríamos decir que en ese género el programa precursor fue “El Club del Hogar” conducido por Daniel Pérez Arcaraz y Francisco Fuentes Madaleno y que duró la friolera de casi cuatro décadas al aire (inició en 1952). Luego de la muerte de Pérez Arcaraz fue Stanley el que entró al quite a manera de patiño de Madaleno.

A partir de ahí, y luego del final del Club del Hogar tras la muerte de Madaleno, comenzó a figurar en la tele de mediodía y durante mucho tiempo el segmento se transformó en una especie de coto personal.

Ahora que veo los videos de Stanley me acuerdo que, en lo personal, siempre se me hizo muy pesado. Un humor basado en poner en ridículo al de junto (público y patiños) con eventuales destellos de originalidad que eran eliminados a base de repeticiones: Paco Stanley tenía la peculiaridad de hacer sus programas con un guión que se iba perfeccionando con el tiempo. Las mismas bromas, las mismas rutinas, los mismos comentarios. Para ver algo de originalidad era necesario sintonizarlo una vez al mes.

Podríamos resumir cualquiera de sus programas en forma muy sencilla: autoelogios, comentarios sobre lo feos y ridículos que eran los del público, comentarios sobre lo feos, ridículos y tontos que eran sus patiños, el staff o la gente de producción, llamadas telefónicas pidiendo “unos ojitos”, una poesía (grabó varios discos declamando) y una entrevista a una cantante o actriz donde Stanley se le arrimaba y le hablaba “suavecito” y para finalizar, más comentarios sobre lo feo y ridículos que eran los demás.

Lo mismo durante más de 20 años.

A finales de los noventas, luego de la venta de Imevisión, a la nueva televisora le urgía hacerse de “personalidades” por lo que la “adquisición” de Stanley fue toda una noticia; creo que en ese entonces el locutor era el elemento más “prestigiado” de la televisora del Ajusco.

Casualmente en esa época me encontraba laborando para unas oficinas de TV Azteca en provincia. Al llegar por las mañanas todas las televisiones estaban sintonizadas en las noticias, más tarde, por ahí de las 9 de la mañana comenzaba el programa “Una tras otra” de Stanley que para algunos era nuestra señal para salir a la calle a trabajar.

Del asesinato me enteré en un centro comercial al que había ido a ver un cliente, creo que eran las televisiones afuera de una tienda de electrodomésticos, el caso es que se había congregado una bola de gente y, lo juro, algunas mujeres lloraban.

Hay que recordar que había otra cosa muy nueva en aquellos días: la democracia en la Ciudad de México. El gobierno de Cuauhtémoc Cárdenas estaba por cumplir dos años en medio de críticas y de ataques por parte de algunos sectores.

Inmediatamente después del asesinato, estoy hablando de dos horas, los actores de las telenovelas de Azteca (les prepararon un estudio para ello) comenzaron a exigir justicia al aire culpando al gobierno del Distrito Federal por la violencia que había segado la vida de una ser querido. El conductor Jorge Garralda dijo al aire que el asesinato era culpa directa de Cuauhtémoc Cárdenas.

A los de Televisa se les olvidó que Stanley era un “apestado” (cuando alguien lo corrían de Televisa le dejaban de hablar y la mayoría de sus ex–compañeros les retiraban hasta el saludo en la calle) y comenzaron su propia campaña de desprestigio al gobierno.

Pude ver, y vivir, varias cosas que empezaron a parecer salidas de una película de Fellini: primero cuando se llevaron la camioneta (con el cadáver adentro) a las oficinas de la Procu, el asunto fue transmitido por la tele con los consabidos helicópteros y la gente salía ¡a verlos pasar!

Luego, en las instalaciones de la “prestigiada agencia funeraria del sur de la ciudad” (¿por qué será que hasta la fecha se niegan a decir Gayosso?) el circo mediático se incrementó cuando los “famosos” se acercaron a rendir homenaje a Stanley y solo pudo ser superado al día siguiente cuando lo enterraron.

La gente se dejó ir al panteón, los familiares y amigos se tuvieron que abrir paso a empujones y jalones y la cosa estuvo a punto de salírsele de las manos a las autoridades. Hay que decir que dichas transmisiones especiales fueron debidamente vendidas y los encargados de ventas de publicidad fueron presionados para colocar más spots entre sus clientes.

Aunque parezca increíble la cosa todavía se puso más surrealista cuando el ministerio público acusó directamente a Mario Bezares (el patiño senior de Stanley) y a una de las sufridas edecanes, Paola Durante, debido a la acusación directa de un individuo metido por drogas. Ambos se echaron una temporada en la cárcel y Bezares incluso se definió como preso político y hasta amenazó con escribir un libro (dijo que le iba a pedir a Carlos Monsivais –antes de escribir una sola letra- que se lo “prologara”; los comentarios del escritor fueron tan mordaces al respecto que creo que al otro se le asustaron sus incipientes intenciones literarias).

La conclusión final, luego de soltar a Bezares y a Durante con el clásico “usté disculpe”, fue que a Stanley lo mataron por que le debía dinero al narcotráfico; al parecer se había negado a pagar una deuda y había mandado al diablo a su proveedor (por su carácter no es nada disparatada la teoría) y que el asunto fue una simple y llana venganza.

Como todo en este país que tiende a olvidarse de todas esas cosas, el caso Stanley ha sido sobrepasado por muchos otros temas, la verdad es que no me acuerdo bien (si alguien lo sabe, dígamelo en los comentarios) si a final de cuentas agarraron a los culpables. El caso es que las televisoras nos demostraron lo buenas que son para el oportunismo y lo fácil que olvidan luego de que el tema ha sido debidamente explotado.

Se van a cumplir 10 años del asesinato de Paco Stanley y, la verdad, se me hace como si hubiese ocurrido hace mucho, mucho tiempo.