Casi le cuesta la presidencia, y el matrimonio, cuando una simple becaria de la Casa Blanca mostró al mundo un vestido manchado. Esta es la historia de uno, de muchos líos de faldas, en que Bill Clinton se ha metido.

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Monica Lewinsky era una chica normal, hija de un prominente médico, estudiante medianita y con una juventud marcada por problemas de sobrepeso. Entró a trabajar al gobierno federal de Estados Unidos como becaria (en un principio ni siquiera le pagaban) y ocurrió una buena (¿?) tarde de enero que, en uno de sus eternos estira y afloja del congreso estadounidense, el presupuesto federal no fue aprobado y los empleados de gobierno no se presentaron a trabajar.

Para los pasantes esas fueron inmejorables noticias, una oportunidad de ocupar los puestos de los “parados”, darse a conocer y conocer el medio donde aspiran a desarrollarse. Monica contó con la suerte de que la colocaran en la Casa Blanca.

Un buen día el presidente, Bill Clinton, se acercó a nuestra becaria a agradecerle el esfuerzo realizado: ese es el punto de la historia que quizá Lewinsky (que no Clinton) hasta la fecha desearía cambiar.

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Nadie sabe que pasó por la mente de ambos en esos días. Son uno de esos momentos en que uno quisiera estar dentro de la cabeza de alguien para conocer de primera mano los pensamientos de los involucrados:

Orita le como el mandado a la Hillary” o “Este güerito necesita que lo desestresen: mi sacrificio por el mundo libre” o tal vez “¡La oportunidad toca a la puerta!”. En este tipo de asuntos siempre he pensado que la culpa es de dos por lo que también sería muy interesante saber que pasó por la cabeza de Clinton: “esta gordita tiene un no-se-qué-que-qué-se-yo” o quizá “¿que tanto es tantito?”.

El caso es que ambos se involucraron en algo que más que una relación sentimental parecería un mero y casual desfogue.

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Al parecer la pareja tuvo algo así como nueve encuentros entre 1995 y 1997 en los cuales en algunos hubo de todo. Uno de los temas, que creo que es lo que más puso de malas a muchos del medio político de Estados Unidos, es que a veces la Lewinsky estaba practicando sus artes mientras Clinton estaba al teléfono con algún prominente político.

Otro ejemplo del caso es el de Ernesto Zedillo que se encontraba en Washington en visita de estado. La tarde del 13 de septiembre el presidente visitó a Clinton en la Casa Blanca. Lo que nadie dijo nunca es que momentos antes de que ambos presidentes se encontraran, Clinton y Lewinsky se habían dado un “ligero fajesín” (minutos antes, la becaria había tenido que salir a escondidas). No quiero imaginar donde tenía la mente el tal Clinton a la hora de hablar de los mentados asuntos bilaterales.

El caso es que en Estados Unidos, que es una democracia, los del partido de oposición se la viven viendo la forma de desprestigiar y tumbar a los que están en el poder. También hay que decir que Bill Clinton ya era novillo muy toreado; precisamente en esos entonces se encontraba en plena bronca por que una tal Paula Jones, que había trabajado en el gobierno del estado libre y soberano de Arkansas durante la gestión de Clinton, lo estaba acusando de acoso sexual.

Para acabarla de amolar la Lewinsky, que ya estaba pasando a la fase de “me prometió la luna y las estrellas y no me cumple” empezó a despepitar todo el asunto con una compañera de trabajo, Linda Tripp quien hizo dos cosas que, otra vez, me gustaría saber a que le tiraba cuando se le ocurrieron: grabó las pláticas telefónicas con la Lewinsky y la convenció que guardara un vestido azul que tenía manchas de semen.

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“Les juro que jamás la había visto en mi vida…”

Lo que más llama mi atención de todo el asunto, y que habla mucho de la filosofía de los estadounidenses, es que todo el relajito que se armó en torno de la Lewinsky no fue que el presidente anduviera de “viejo rabo verde” por los sacrosantos espacios de la oficina oval, si no que, cuando todo el asunto salió a la luz pública, el mandatario negara conocer siquiera a la chica. Como lo hizo bajo juramento –luego de que los medios se enteraron el asunto pasó a formar parte del juicio de acoso sexual– los representantes y senadores republicanos se le fueron a la yugular. No importaba que la casa donde se asienta el poder del líder del mundo libre se hubiese mancillado gracias a que su inquilino se comportaba como preparatoriano, si no que el presidente había mentido.

Me imagino la gritoniza que le debe de haber puesto la Hillary esa noche.

Por supuesto que las grabaciones salieron a relucir y también la mancha del famoso vestido azul (me imagino a la Lewinsky diciéndole a la muchacha: “María este vestido, el azulito, por favor no me lo laves por que se lo tengo guardado como sorpresa al hombre más poderoso del mundo“). A Clinton no le quedó más que apechugar para salir a decir que, de hecho si, se había tenido que echar “un tirito” con la pasante pero que eso no había sido bueno, al contrario, que era muy malo, malo (“pero nomás me acuerdo…”).

Los republicanos le hicieron un procedimiento de Impeachment (que es la forma en que el congreso realiza juicios políticos en contra del ejecutivo) que Clinton pudo librar sin mayor problema.

A final de cuentas al presidente le pusieron una multa de 90 mil dólares (que pagaron sus seguidores luego de hacer una colecta) y le quitaron su licencia para ejercer como abogado (uy si, miren como tiemblo).

La que sigue sufriendo las consecuencias es la señorita Lewinsky quien ha afirmado que los Clinton arruinaron su vida. Vive en Inglaterra donde estudió un master en sicología social pero creo que, hasta la fecha, al momento de decir su nombre debe de hacerse de la vista gorda ante las miradas curiosas, las risas reprimidas y las señas obscenas que se han de hacer a sus espaldas.

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