La muerte en un accidente de tránsito de Diana Spencer, conocida por todos los cursis como Lady Di, fue uno de los momentos mediáticos de mayor relevancia de los noventas. El evento, ocurrido en la capital de Francia y bajo circunstancias oscuras, le dio la vuelta al mundo, creo toda una serie de especulaciones y transformó a la ex princesa en la santa de muchos altares.

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Era la madrugada del 31 de agosto de 1997, Diana Spencer y su novio/amante o lo que sea, Emad El-Din Mohamed Abdel Moneim Fayed, mejor conocido en el jet-set y la aristocracia europea como Dodi Al-Fayed, abordaron un Mercedes-Benz S280 W140.

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En uno de estos, pero de color negro, iban los tórtolos

Ambos habían pasado los días anteriores a bordo del yate de Fayed, el Jonikal, en un recorrido a lo largo de la costa francesa e italiana del mediterráneo y planeaban dormir en París para después salir rumbo a Londres. Trataron de quedarse en el Hôtel Ritz, que era de papi, pero como los fotógrafos estaban muy agresivos optaron por trasladarse al departamento que el egipcio poseía en París.

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Un merecido descanso en la chalupita de los Fayed

Para realizar la maniobra fue enviado primero un convoy a manera de señuelo mientras que la pareja salía por la puerta de atrás para abordar el auto. Al volante iba Henri Paul, jefe de seguridad del hotel y en el asiento delantero derecho Trevor Rees-Jones, un guarura de la familia Fayed.

Spencer y Fayed se habían conocido ese mismo año. La llamada “princesa de la gente” iba saliendo de un terrible divorcio con el príncipe de Gales, Carlos, un triste hombre que tuvo que casarse con ella para taparle el ojo al macho y hacer lo que le decía su mamá, aunque en realidad estaba enamorado de una católica (grave defecto cuando uno es heredero del trono británico).

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Todo era felicidad…

Dicen los más cursis que Diana había sufrido mucho en ese matrimonio, que la reina le hacía malosmodos y que las cuñadas la viboreaban (aunque nunca se quejó del flujo de efectivo). Además de que el marido estaba más preocupado en el polo, la arquitectura y en orquestar citas clandestinas con el verdadero amor de su vida (un auténtico aristócrata de la Gran Bretaña, pues).

El caso es que la pareja recién se había conocido pero, como si fuesen cuatachos de toda la vida, muy pronto se encontraron muy ocupados en darle vuelo a la hilacha; El gran mérito de Fayed siempre fue el de ser hijo de su papi. Luego de un sólido matrimonio que duró menos de un año y una carrera de muy bajo perfil tras las cámaras en Hollywood el tipo se dedicaba, más que a otra cosa, a pasarla bien.

Esa madrugada del 31 de agosto, la pareja abordó el auto y en un afán de eludir a los fotógrafos Paul salió como alma que lleva el diablo; al momento de entrar al túnel bajo el Sena de alguna forma perdió el control y se estrelló contra unas de las columnas destrozando la unidá (me mata la palabrita de reportero de la nota roja) y murió en el acto junto con Fayed. Al parecer Diana todavía tuvo tiempo de quejarse de los fotógrafos antes de perder el conocimiento para morir unas horas después en el quirófano.

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El único sobreviviente, Rees, el guarura, resulto malherido y su rostro tuvo que ser prácticamente reconstruido con titanio por uno de los especialistas más eminentes del mundo (cortesía de la familia Fayed) quien luego se encargó de difamarlo diciendo que no había hecho nada por detener los acontecimientos.

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Aquí la historia se divide en dos: lo que dicen que pasó y lo que realmente pasó.

La verdadera historia:

La pareja había cenado y la había pasado muy bien en el Ritz (por ahí el fetichista del padre de Fayed tiene su altarcito de muertos con una copa que todavía tiene pintura de labios de Diana) y se disponían a irse al depa de París a seguir la celebración cuando los inoportunos fotógrafos aparecieron en escena.

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Solo le falta la cempasuchil

Lo más sensato fue utilizar como chofer a Henri Paul, que llevaba chupando toda la noche, una decisión que parece tomada por adolescentes saliendo de un antro en Acapulco. Que me digan misa, pero las niñas buenas no andan en correrías con los novios en las altas horas de la noche parisina y más si estas son las mamás de un futuro monarca británico.

Henri comenzó a manejar de manera temeraria para eludir a los fotógrafos motorizados y perdió el control gracias a la combinación, casi siempre letal, de alcohol y velocidad.

La historia histérica:

Esta ha sido generada en un proceso, alentado en gran parte por el papi de Fayed, en la que se acusa a todo mundo, desde la reina hasta el servicio secreto británico, de querer eliminar a la “princesa del pueblo”.

Al parecer todo es fruto de una conspiración (un compló, dirían algunos) para eliminar a la muy mercadeable Diana que le estaba quitando reflector y querencia del público a la malencarada y pesadita familia política. Además que no era el mejor de los ejemplos para los princesitos que la mamá anduviera de casquivana con un musulmán.

Como ocurre siempre con estas teorías nadie, ni siquiera los millones de la familia Fayed, pudieron comprobar nada; Diana y su novillo murieron en un clásico borrachazo de madrugada.

Las escenas ya se dejaban ver; dicen que en los países democráticos nos encanta transformar a los famosos en nobles; que nos falta una realeza y es por eso que la gente se pone como loca cuando se muere gente como Paco Stanley o Pedro Infante. Afortunadamente los británicos si tienen a verdaderos muertos de alcurnia, no como los advenedizos nacionales, a quienes inundar de flores y regalos, por quienes rasgarse la ropa, llevar flores así como monigotes de peluche y salir a hacer ridículas vigilias a la luz de velas.

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La gente, literalmente, inundó con flores y regalos

Al funeral fue hasta la reina, y eso que la tal Diana no era santo de su devoción (“le dije que era una cualquiera m’ijo” dicen que le dijo a Carlitos luego de uno de los rosarios). Fue día de luto y al día de hoy la tal Diana está en los altares. Lo más curioso es que hasta en México hay cursis que siguen alabando a Diana Spencer como si la hubiesen conocido en persona.

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Notarán que por ideología soy más bien de ideas republicanas y que estoy en contra de las sanguijuelas y los zánganos de sangre azul. La verdad es que me pone a pensar que lo que finalmente mató a la señora Spencer no fue otra cosa que la sed de sus “admiradores” en conocer su vida más de cerca. ¿cómo? pues  a través de las revistas que publican las fotos de los señores que la iban correteando en moto.

Eso es irónico.

Por cierto, a Elton John, que era gran cuatacho de la Di le dio por escribir una versión nueva de la canción Candle in the wind en memoria de la princesa:

Ésta versión solo la ha ejecutado en contadas ocaciones como el día del funeral; el cantante se enojó cuando uno de los Rolling Stones, creo que fue Keith Richards, dijo que John fundaba su éxito escribiendo canciones a las rubias muertas; éste contestó que por lo menos él no parecía “chimpancé artrítico” en los escenarios.

Entre los famosos también tienen sus cosas… que ni que…